El estatuto moral de la obra de arte en la estética kantiana

Algunos creen haberse mejorado por un drama cuando sólo se sienten alegres de haber entretenido felizmente el fastidio.

Kant, Crítica del juicio

1. Belleza y moralidad

Una de las tesis fuertes en la estética kantiana es la afirmación de que la belleza o lo bello constituye un símbolo de la moralidad.[1] Entre el juicio estético y el juicio moral habría una correspondencia donde la facultad teórica y la facultad práctica alcanzan una común y desconocida unidad en tanto que ambas tienen a la base  lo suprasensible de la libertad. El vínculo entre lo moral y lo estético a partir de la libertad permite establecer una analogía entre ambas facultades –la razón práctica y el juicio reflexionante- mediante la cual Kant expone que las características entre una y otra resultan ser las mismas pero, y en eso radica su diferencia, aplicadas a objetos distintos.

Mientras que la moralidad apunta a la libertad y autonomía de la voluntad como principios que hacen posible el establecimiento de las máximas morales y fundamentan los imperativos categóricos, el juicio de gusto es establecido en el libre juego de las facultades de la imaginación y el entendimiento y de su autonomía respecto a cualquier interés práctico o ligado a lo sensible. Esta analogía entre el bien moral y el juicio de gusto estético, permite, por tanto, comprender que el arte bello –y también lo sublime- tiende no solamente a placer, sino también a despertar los sentimientos morales. Como existe una semejanza en la forma en que ambos juicios son instituidos, el placer por lo bello sirve de medio para despertar y educar en el hombre los sentimientos referidos a la moralidad. Decimos que en el hombre porque hay que dejar claro que la moralidad no queda restringida al ser humano como especie, sino que vale para cualquier ser racional cuya voluntad y autonomía se suponen en el mismo concepto de racionalidad.[2] Es decir, que el juicio de gusto estético, aun cuando tienda a la universalidad de la aprobación, es meramente subjetivo, antropológico, y sólo aplicable al ser humano como especie. La moralidad como libre determinación de la voluntad de todo ser racional se aplica al hombre en tanto que una de sus facultades es la razón. De este modo, la moralidad y el gusto comparten también la universalidad pero acotado este último a la esfera del ser humano como ser sensible y racional.

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El quinismo imposible: acerca de Peter Sloterdijk


El cinismo es lo más elevado que puede alcanzarse en la tierra; para conquistarlo hacen falta los puños más audaces y los dedos más delicados.

Nietzsche, Ecce Homo.

El movimiento de la Ilustración se impuso a sí mismo la tarea obligatoria de traer la luz de la razón y proyectarla sobre las oscuridades y tonalidades difusas que amagaban a la conciencia humana. En su espíritu, la Ilustración tuvo plena autoconciencia de llevar a cabo un plan sistemáticamente elaborado en el que la razón se instituía como saber verdadero cuya orientación apuntaba a la puesta al descubierto del velo, la máscara, la falsa conciencia que daban soporte al poder reaccionario magnificado en dogmas y sentencias fundadas en una metafísica del más allá. El más acá de la Ilustración, su materialismo y su crítica de lo establecido eran una apuesta bien intencionada por implantar un orden donde el sujeto o la subjetividad fuesen la norma de la existencia y de un nuevo universalismo.

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Encuentros y desencuentros entre Marx y Heidegger

Ponencia presentada el 11 de febrero de 2010 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en el marco de las mesas tituladas “Heidegger ante el humanismo: reflexiones en torno a la Carta sobre el humanismo”.


Hablar de la relación existente entre Marx y Heidegger, así como de sus radicales diferencias, no es un simple ejercicio que compete al espíritu académico que gusta de comparar autores y teorías. Si hemos de creer al juicio de los entendidos que afirma que Heidegger es el filósofo más importante del siglo XX, entonces, todas las restantes posturas filosóficas emanadas de éste turbulento siglo deben poder afirmarse a partir de o contra de Heidegger. Como señala Slavoj Zizek en Visión de paralaje: “Todos los filósofos… tienen que definirse trazando una línea de demarcación, una distancia crítica respecto a él”.1 Sin embargo, algo que soslaya tanto Zizek como los que entronan a Heidegger en el primer puesto del escenario filosófico es que también el siglo XX fue una época dominada por el marxismo, y no hablamos solamente de las diversas concepciones que surgieron como defensoras o continuadoras de Marx, sino al hecho incuestionable de que casi la mitad de la población del planeta vivió y organizó sus vidas bajo los postulados políticos planteados por Marx. Que esos regímenes hayan sido fieles al espíritu crítico-liberador de Marx o hayan terminado por desvirtuarlo y pervertirlo solamente podemos valorarlo a partir del fracaso y caída del socialismo realmente existente.

El sólo hecho de que una concepción del mundo haya tenido un impacto significativo a gran escala en la historia mundial deja apreciar su importancia. Aunque es cierto que no podemos valorar la eficacia de una filosofía por su aplicabilidad práctica, tampoco hay que olvidar que la filosofía heideggeriana es una reacción en contra del americanismo y el comunismo, los dos peligros esenciales de la modernidad en la interpretación de Heidegger. Esto nos hace ver que si bien Heidegger tuvo un impacto profundo en el espectro filosófico del siglo XX fue en relación con el cuestionamiento y crítica al marxismo, uno de sus adversarios filosóficos, que en la teoría como en la organización política daba una respuesta global a la modernidad capitalista. Recordemos que el proyecto heideggeriano se inscribe también en una crítica y superación, desde la metafísica, de la modernidad ya no capitalista, sino del empoderamiento de la subjetividad, de la cual la organización social capitalista sería una de sus manifestaciones. Esta crítica preponderantemente metafísica no renunció tampoco a asumir una postura política y basta enunciar el reconocimiento de Heidegger al nazismo como un movimiento de grandeza y verdad en donde se daba un encuentro positivo entre la técnica planetaria y el hombre moderno. Todavía en su vejez Heidegger seguía reconociendo que el nacionalsocialismo iba en la dirección correcta pero que la falta de experiencia de sus líderes les impidió lograr lo que el espíritu de ese movimiento político afirmaba.2

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La libertad y el problema del mal en Agustín de Hipona




Los planteamientos filosóficos de los griegos y del periodo helenista se vieron prontamente reinterpretados por una doctrina religiosa que vino a dar un sentido nuevo a los problemas. Este giro en los planteamientos éticos, ontológicos y metafísicos es causado por una religión que cobra fuerza en los pueblos orientales pero que va diseminándose con fuerza en la Europa central. En las postrimerías del Imperio romano comienza a extenderse el conocimiento y práctica del cristianismo como una nueva forma de relación entre el hombre y la divinidad. Perseguido durante mucho tiempo, el cristianismo va arraigando rápidamente entre los ciudadanos romanos lo cual manifestaba ya un síntoma claro de la decadencia política, social, económica y cultural que Roma venía arrastrando.


1. Filosofía y cristianismo

La religión cristiana ya no se va a preocupar por buscar la explicación de las cosas en las cosas mismas como era la tendencia de muchas escuelas filosóficas al final del helenismo. El fundamento de este mundo ya no será el mismo con el que trataron de cimentar sus doctrinas los filósofos griegos y helenistas. La explicación y base de todo cuanto existe va a ser Dios: creador de todas las cosas. Como se sabe, el cristianismo es una revisión, crítica y continuación de la teología judaica expresada en el antiguo testamento, pero además recoge mucho de los planteamientos orientales y filosóficos entonces en boga. El cristianismo ya no se presente como un sistema racional que trate de dar cuenta de la realidad en sus diversos niveles, sino que se presenta como un mensaje que Dios mismo ofrece a su pueblo como señal de un nuevo pacto entre Dios y el hombre.

El mensaje de Jesús encontró una resonancia como ninguna otra religión la había tenido precisamente por su propia especificidad. El mensaje de Jesús no pertenecía a culto alguno, no estaba sustentado sobre ninguna filosofía, simplemente iba dirigido a todos los hombres de buena voluntad, lo cual lo hacía interesante a los ojos de todos aquellos que buscaban un sentido a su existencia sin tener que complicarse con conceptos o discursos abstractos. La moral cristiana, que parte del consentimiento personal del individuo, es precisada sin muchas complicaciones: Jesús originario de la ciudad de Nazareth, en la época en que Herodes reinaba, ofrecería en el “Sermón de la montaña”, la bienaventuranza a los pobres de espíritu, los mansos de corazón, los misericordiosos, los pacíficos, los que lloran, los que padecen hambre y sed de justicia, porque para ellos será el reino de los cielos. El cumplimiento de tal moral garantizaba la salvación.

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Sócrates: la ética y la libertad

Sócrates, quien asumió la tarea de educador del pueblo ateniense, y cuya preocupación primordial giró en torno a los problemas éticos, compartió también con los sofistas una concepción de la especie humana como distinta de la naturaleza. Incluso en él, por los textos platónicos, la naturaleza ya no es la fuerza omnipotente de la que emana toda necesidad, sino que ésta es reducida a “paisaje” y “campo” allende las fronteras de la ciudad. Podría decirse que Sócrates viene a dar remate a toda una concepción filosófica cuyas preocupaciones centrales se ciernen sobre la actividad humana en las ciudades. Los sofistas son los primeros en desplazar el problema cosmológico por el antropológico, pero sus posturas pueden clasificarse como pragmáticas, es decir, responden a los intereses inmediatos determinados por las luchas sociales al interior de las polis.

En cambio, Sócrates retoma el análisis antropológico inoculado por los sofistas para elevarlo a un nivel filosófico más complejo en donde el problema antropológico no puede dejar de estar relacionado con al ética, la gnoseología y la ontología. Como orgulloso ciudadano ateniense, Sócrates rechaza la inutilidad de las reflexiones físicas al no tener una repercusión inmediata sobre el comportamiento moral de los hombres. La filosofía deja de ser física o filosofía de la naturaleza y se vuelve filosofía del hombre y para el hombre, filosofía que nace en la ciudad y se preocupa por el mejoramiento del ciudadano.

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El método marxista

Aunque es ya casí un cliché afirmar que el marxismo ha muerto y nada nos puede aportar en cuanto conocimiento, lo cierto es que la esquemática marxista es una de las más ricas, sistemáticas y fructíferas al momento de analizar un hecho social complejo. En este artículo detallamos las líneas generales de ese método que Marx usó para explicar el capitalismo.

La teoría histórica del marxismo, conocida comúnmente como materialismo histórico, siempre ha puesto especial énfasis en que lo que impulsa y mueve el desarrollo de la historia humana son las condiciones materiales de la existencia. Como se sabe, esta perspectiva fundamental en la analítica marxiana surge como una crítica a las concepciones idealistas de la filosofía clásica alemana que veían en el desarrollo de las ideas y en la evolución de la conciencia el factor determinante de la evolución histórica. Fue Marx es el primer pensador que supo sintetizar y sistematizar, aunque no el primero en reconocer, que al contrario de lo que formularon lo idealistas alemanes, no son las ideas y las concepciones de los hombres las que los mueven a actuar e influir sobre la realidad, sino que son las condiciones sociales reales, las contradicciones económicas y los problemas político-sociales que surgen en cada coyuntura histórica, las que producen en las cabezas de los hombres las ideas y teorías que buscan resolver los conflictos que emanan de su vida material.

En este sentido, las ideas de la moral, la política, la religión, la filosofía, etc., no son sino productos de hombres actuantes en un específico contexto histórico y en una particular forma de sociedad. Todas las concepciones y representaciones espirituales son elaboraciones ideales de relaciones materiales que los hombres mantienen entre sí, son la manifestación de su proceso de vida social. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. De lo cual resulta que el análisis de las ideas y concepciones de los hombres –toda teoría e ideología- deben ser contrastadas con los hechos reales concretos, con la forma en que actúan, influyen y se desenvuelven en su actividad práctica en la sociedad. Lo ideal debe comparecer ante lo material; es decir, toda teoría o ideología tiene un status de objetividad siempre y cuando se encuentren engarzadas con las necesidades y los intereses que los hombres se  platean en cada fase y desenvolvimiento de su praxis social. Podemos hablar así de su racionalidad, racionalidad histórica(1), por supuesto.


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La cuestión indígena

Después de siglos de menoscabo, menosprecio, ocultación y maniqueísmo el tema del indigenismo brota en un mundo plagado por tendencias globalizantes que se encaminan a una uniformización cultural sustentada en un único paradigma económico que trata de subsumir y borrar todas las diferencias, quizá por eso la globalización tiene como eje problemático la aparición de diversas corrientes culturales que se niegan a desaparecer o ser engullidas por este nuevo orden mundial.

En el caso de México, es evidente que la problemática acerca de la “cuestión del indígena” desde su tratamiento ético-filosófico tal como fue planteado en el siglo XVI se ha deslizado desde una perspectiva ontológica (el ser del indio) a una cultural (el lugar que ocupa en una sociedad). Ahora más que nunca los pueblos indígenas han reclamado su derecho al reconocimiento de su propio ser, no quieren ser nuevamente etiquetados u ocultados en una generalidad abstracta llama “nación mexicana”, si bien comparten mucho con lo que significa esta categoría además de la simple cercanía territorial.

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